Borobudur, la Octava Maravilla del Mundo

Inmerso en la indonesia isla de Java, el mayor monumento budista de todos los tiempos vive cobijado por un cuenco de montañas y dominado por la ominosa presencia del Merapi, el volcán más activo del planeta.

El mayor y más impresionante monumento budista de todos los tiempos está situado a 40 kilómetros de Yogyakarta, en la confluencia de dos ríos, abrigado por un cuenco de montañas y dominado por la ominosa presencia del Merapi, el volcán más activo del planeta, cuya imponente mole asoma en la distancia. Se da por cierto que Borubudur fue construido sobre el año 750 de nuestra era, pero no hay constancia de quien pudo hacerlo, ni por qué, ni para qué.

Se buscó la confluencia de dos ríos, el Elo y el Progo, que transmitían lejanamente el carácter sagrado del Ganges y el Yamuna, y un otero que simbolizaba al mítico Monte Mehru. Aplanando la cresta de éste, se fueron cubriendo las faldas con grandes bloques de basalto en cuatro plataformas decrecientes, hasta formar un perfecto tronco de pirámide. Sobre él, se levantaron otras tres plataformas circulares concéntricas, también decrecientes, erizadas de pequeñas estupas campanifomes y rematadas por otra de colosales dimensiones.

Detalle de un templo.

Detalle de un templo.

Alma y mensaje.

Alma y mensaje.

El Templo de la Colina
Visto desde la distancia, el templo es una mole imponente, armónica, bellísima, un sueño imposible, una flor de piedra que uno no se cansa de contemplar con asombro y admiración. Pero es cuando se ve desde el aire cuando se produce el mayor estupor, ya que lo que se contempla es un gigantesco mandala tridimensional, un diagrama simbólico del universo.

 

El impacto emocional de esta visión es comparable al que producen las pirámides de Egipto cuando se contemplan por primera vez, pero mucho más intenso, ya que no se trata sólo de una excelsa geometría de líneas puras recortándose en el horizonte infinito del desierto, sino que Borubudor parece algo vivo, con alma y mensaje, algo de otra naturaleza que hubiera crecido de la propia tierra.

Como todo mandala, tiene cuatro entradas en su estructura rectangular que llevan al círculo central, al infinito sin principio ni fin. Estos cuatro accesos son, en Borubudur, otras tantas escaleras que conducen, de plataforma en plataforma, hasta la gran estupa central, en lo más alto de la estructura. Es al deambular por las diferentes plataformas cuando uno descubre los conjuntos escultóricos tallados en las paredes, casi siempre representando enseñanzas budistas. ¿Estamos, pues, ante un libro intemporal, concebido para transmitir a las generaciones futuras las esencias del budismo? Así lo piensan algunos expertos, ya que nada asemeja Borubudur -el Templo de la Colina- a ningún otro de los templos budistas conocidos.

Como tantos otros monumentos religiosos medievales de Indonesia, Borubudur permaneció oculto durante siglos bajo toneladas de ceniza procedentes de las frecuentes erupciones del Merapi, hasta que lo redescubrió, ¡cómo no!, Sir Thomas Stanford Raffels en 1814. Para 1835, el lugar había sido limpiado y desbrozado, aunque era evidente que necesitaba trabajos urgentes de restauración. Pero en lugar de acometerlos, el gobierno holandés que se hizo cargo de la colonia regaló ocho contenedores llenos de piedras de Borubudur al rey de Siam, que mostró gran interés durante una visita de estado a Indonesia. El cargamento incluía, naturalmente, las mejores tallas, relieves y arcadas.

Monjes en los templos.

Monjes en los templos.

Una joya universal
El ingente peso de los dos millones de bloques de piedra empleados en Borubudur debió de dar no pocos quebraderos de cabeza a sus constructores, que no habían previsto que la frágil capa de ceniza del Merapi sobre la que asentaron el monumento cediera con tanta facilidad. Antes de terminar la obra ya se vieron obligados a improvisar un contrafuerte en la base que dejó ocultos los magníficos conjuntos escultóricos que adornaban la base original. Esto fue descubierto durante los trabajos de restauración llevados a cabo a finales del siglo XX.

En efecto, Borubudur se hundía lentamente en el fango e hizo falta un colosal proyecto de la UNESCO para rescatarlo de su triste destino. Entre los años 1973 y 1984 el templo se desmontó piedra a piedra y volvió a reconstruirse sobre cimientos sólidos. El despiece mostró que la colina que le servía de apoyo, no era sino un montón de piedras y escombros.

También se descubrió su base original, que ahora aparece a la vista en una de las esquinas. Todos los conjuntos escultóricos que describían las pasiones humanas y las consecuencias kármicas de entregarse a ellas fueron cuidadosamente fotografiados y ahora se exhiben en un museo aledaño.

El ocaso.

El ocaso.

A pesar de sus achaques y del descuido en que ha permanecido cientos de años, la hermosa mole de Borubudur ha sobrevivido incólume a numerosas erupciones volcánicas, a ataques terroristas e incluso al gran terremoto del 2006. Ahora sólo le amenaza la plaga del turismo. Durante la época vacacional pueden llegar a visitarle 90.000 personas, lo que los expertos consideran una barbaridad y ya se están estudiando medidas para paliar este impacto.

Esta joya universal alcanza su mayor esplendor en el ocaso, cuando el cielo se viste de colores para enmarcar su belleza. Aunque, personalmente, prefiero la magia del amanecer, cuando las primeras luces del alba rescatan de las tinieblas al coloso de piedra y los innumerables bustos de Buda parecen cobrar vida. Tiene la ventaja de que este fantástico momento puede disfrutarse en solitario, mientras el ocaso es un espectáculo de masas.